Un cuento del éter

Permítanme que les hable de mi primo, Otis B. Driftwood. No dejen que el bigotón y esas cejas vivaces les despisten; observen con atención y encontrarán el parecido. Somos primos, primos hermanos.

Otis B. DriftwoodEn nuestra primera foto juntos estamos desnudos y compartimos cama. No estábamos solos; también estaba Quike, pero esa es otra historia y la contaré en otra ocasión. Eramos tres bebés, berreábamos como condenados, y él ya me sacaba los casi 4 meses de ventaja que me sigue llevando. Yo ahora soy más alto que él, pero eso tardó un poco en llegar.

Crecimos juntos, en ciudades separadas. Nos veíamos en veranos y navidades, y los momentos más felices de mi infancia están casi siempre relacionados con la presencia de esa mirada irónica y esa risa cómplice. Pronto se nos unieron nuestros respectivos hermanos, con 4 años de diferencia cada uno, y formamos un grupo. Pero él era mi primo. El de mi edad. Mi mejor amigo.

Mi primo Otis es desde pequeño un tipo sensato, sensible y profundamente inteligente. Más trabajador que yo, más constante que yo, mejor estudiante que yo. Aguantaba como nadie el mal genio, la torpeza social y el egoísmo que yo entonces gastaba con más frecuencia de la deseable. Yo le admiraba y le admiro sin reservas, sin ningún tipo de envidia.

Compartimos miles de horas de juegos. Veíamos juntos en tardes sofocantes sevillanas el Coche Fantástico y el Gran Héroe Americano. En particular, vimos juntos y fascinados el capítulo en que el superhéroe del traje rojo se ve envuelto en un rol en vivo en una universidad. Jugábamos desde siempre a espías y detectives, siguiendo los consejos de unos libritos rojos y azules, y enseguida nos atraparon los libros de Elige tu Propia Aventura; en particular, ese intrigante anuncio de la última página de la caja roja de Dragones y Mazmorras de Dalmau. Y añadimos juntos otra afición que sumar a las pilas de libros, cómics, y juegos de Commodore 64 que compartíamos.

Y entonces, una tarde de verano probablemente, entramos juntos en la juguetería Irigoyen, que estaba en la Plaza Consistorial de Pamplona. Allí, en el segundo piso, el visionario empresario tenía unos cuantos juegos de rol de importación en un momento en que no había apenas juegos traducidos en España y menos aún, gente que supiera de qué iba eso. Estoy seguro de que se arrepentía profundamente de haberlos traído, ya que el precio de venta resultante de importar era alto y los juegos, elegidos al azar en un catálogo, nos resultaban completamente desconocidos. Nos limitábamos a mirarlos una y otra vez cada vez que pasábamos por la tienda, sin decidirnos a comprarlos.

Así era la vida en una ciudad del norte para frikis de provincias.

Esa vez, sin embargo, sacamos el dinero que habíamos juntado y nos llevamos un juego con un aspecto maravilloso. Un juego que nos prometía llevarnos a tiempos y mundos más galantes y civilizados, llenos de aventura e imaginación. Como era sólo un libro y no podíamos tenerlo los dos, lo fotocopiamos entero, y yo me quedé la copia. En aquellos tiempos previos a Internet lo que nos importaba era tener el contenido, el juego, sus reglas, y nos importaba bien poco la edición, aunque como en este caso fuera bastante hermosa, con tapa dura y láminas a color. Otis se lo llevó y el tiempo pasó.

Pasó mucho. Llegamos a la universidad, elegimos la misma carrera… y nuestras vidas empezaron a separarse. Nuestro carácter cambió, nuestros intereses mutaron. Él, que siempre había sido extrovertido y sociable, se volvió más sobrio y reflexivo; yo empecé a pillarle el truco a la interacción social y me convertí en un tipo de extrovertido muy distinto a él. Y pasamos años sin decirnos mucho. Estuvo en mi boda, yo estuve en la defensa de su proyecto. Cuando abandonó Alemania y volvió a España por una temporada se alojó en mi casa mientras buscaba piso. Había afecto, claro, pero no éramos los mismos que fuimos de niños.

En una de esas pocas veces en que nos vimos, encontré en su antiguo cuarto de Sevilla, en una estantería, los antiguos manuales de rol amorosamente conservados. Yo atesoraba una gran colección por aquel entonces, y le comenté que me encantaba ese juego y que ya no se vendía. Y sin un solo momento de duda, lo sacó de la estantería y me lo entregó. Mi primo Otis siempre ha sido así.

La vida, no obstante, tiene el hábito de darte oportunidades de recordar las cosas importantes. En mi caso fue a través de un divorcio agrio y abrupto, con una niña pequeña en medio. Y mi primo se volcó conmigo, me abrió su casa y su corazón mientras yo procedía a desmontarme pieza por pieza y trataba de reconstruirme con una forma que me gustara mirar en el espejo. Y reencontré entre Raving Rabbids de la Wii y pizzas de Sloppy Joe’s al primo con el que compartía mis juegos. Que siempre estuvo allí, soy yo el que olvidó que estaba.

En medio de aquella reducción vital al mínimo, que diría su hermano y también primo mío, Mr. Fanshawe, perdí mi colección de juegos de rol, y con ella todos los libros que muchas personas me habían regalado a lo largo de los años. Poco a poco me di cuenta de que era una de las cosas que más echaba de menos; no porque jugara, no porque no pudiera encontrar o reponer los manuales, sino porque aquella colección suponía una parte importante de mi memoria sentimental.

Mi padre me regaló mi primer juego. Es médico, y viaja con frecuencia al extranjero para asistir a congresos. Nuevamente debido a mi egoísmo adolescente, tardé tiempo en darme cuenta de la muestra de amor enorme que suponía que mi padre se pateara, en sus breves ratos libres de viajes de trabajo, ciudades desconocidas para buscar una tienda de juegos y traerme siempre alguno. Otros los compré yo, durante mis primeros viajes por mi cuenta, como aquellos que compré en Inglaterra o en Noruega, o con el primer dinero que gané, precisamente traduciendo esos juegos con los que aprendí inglés. Otros se los compré a amigos como Javier Albizu, que se engancharon a esta historia por mi culpa. Y otros los compré en Gigamesh, en Barcelona, en el desvío que hicimos expresamente para ir en aquellas primeras vacaciones en la playa que hicimos mis amigos de toda la vida y yo.

Cada libro tenía una historia, una persona a la que echaba de menos y con la que había perdido relación en el momento en que perdí esa colección. Y descubrí que echaba de menos esos libros porque echaba de menos lo que representaban: la amistad y el amor de esas personas. Y que podía eliminar esa sensación de pérdida restableciendo esa relación. No necesito un libro para recordarte si te tengo a ti. Siempre podemos encontrar un nuevo libro que dotar de historia.

Hoy he ido al correo a recoger un paquete que me ha remitido mi primo Otis desde Alemania. Y esto es lo que me he encontrado:

Space 1889

Space 1889 y el Atlas de Conklin de los Mundos

Muchas gracias primo. Por todo. Te quiero.

Y ya no me hace falta el libro para recordarlo.

Acerca de multimaniaco

Part-time business and scientific hero with villainous plans to rule the world and make it a better place.
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8 respuestas a Un cuento del éter

  1. Child Deirdre dijo:

    :______) Yo aquí veo material para peli, ¿eh? En serio.😉

  2. Mike Okada dijo:

    Buff, este post me ha traído un montón de recuerdos y una sonrisa que me va a durar un buen rato. Estoy orgulloso de haber compartido contigo todos aquellos ratos roleros, juergas y demás. Gracias Multimaniaco.
    Un abrazo muy fuerte.

    Un converso

  3. Patricia dijo:

    Emociona, por el contenido y por la forma de narrar. Reconforta saber que ahora estás en un momento tan precioso. Abrazos :***

  4. Bego dijo:

    Este tipo de verdades bien contadas emocionan.
    PD: Sigue escribiendo, cabrón. Dicho sea desde el cariño.

  5. manuti dijo:

    Sinceramente, se me han saltado las lágrimas.
    Realmente bonita amistad la vuestra.

  6. Excelente manera de recordar a una persona. ciertamente los libros son especiales de muchas maneras aparte de instruirnos, siempre nos traen recuerdos o nos hace imaginar situaciones o vivencias y situaciones especiales en nuestra mente. Ademas si es compoartido o alguien te lo ha obsequiado es mucho más valorado.

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